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Mostrando las entradas etiquetadas como Historias cortas

El peso del mundo

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― Cuénteme, Señor Chang, ¿Cómo se siente hoy?

De paso

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En aquel saloon perdido en el oeste, se encontraba sentado, justo en la esquina a la que no se atrevía a llegar la luz de las lámparas de aceite, el forajido que golpeaba su vaso contra la mesa. Pum. Pum. Pum. Pum. Lo hacía una y otra vez sin detenerse ni un momento, desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir. El golpeteo era constante e incansable, como las campanadas que nunca acaban de una iglesia desquiciada. Aquel extraño individuo había aparecido de la noche a la mañana en el establecimiento, y ya llevaba tres años frecuentando aquel decrépito lugar. A pesar de lo tremendamente molesto de los golpes continuos, nadie se había atrevido a llamarle la atención... Al menos después de lo que le había hecho al sheriff, quien había quedado reducido a una mancha en la pared. Desde entonces, la mera visión de la ropa de aquel extraño, siempre cubierta de barro y sangre seca, disuadían a cualquiera de cualquier acercamiento.

Claudio (Segunda parte de dos)

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― Hola, Claudio ―saludó el doctor Nibben, arrastrando una silla y colocándola delante del ordenador portátil. ― Hola, doctor ―respondió la máquina.

Claudio (Primera parte de dos)

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Eran las tres de la mañana cuando el doctor Nibben entró en la antesala de la cámara del superordenador y se colocó las gafas sobre sus ojos adormecidos. Se quedó plantado en la entrada de la puerta y alzó las palmas de las manos a la espera de una explicación a por qué le habían hecho volver al Centro de Investigación Climatológica a semejante hora. Delante, tenía a Christopher McKay, jefe del departamento informático, al joven becario Benny Higgins y al vigilante nocturno Frank Linares. Todos ellos situados en torno a una mesa que habían colocado en medio de la sala, sobre la que reposaba un portátil que mostraba el escritorio del sistema operativo en pantalla. Los presentes se quedaron en silencio mirando al doctor Nibben, cuya paciencia ya estaba a punto de agotarse para dar paso al más feroz de los enfados. Pero nadie fue capaz de pronunciar palabra alguna, a pesar de la bronca que se les avecinaba.

El concepto esférico

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El sabio anciano de la aldea había tenido una revelación. Tras haber pasado una noche meditando en lo alto del monte del fresno, su mirada cambió. Desde entonces, el brillo de sus ojos era constante y le era imposible contener el torrente de ideas que no paraban de brotar de su cabeza. El aluvión era tan abrumador que tenía que darle salida por la boca, y el anciano deambulaba por la aldea hablando para sí mismo, vomitando cavilaciones inconexas como si una acalorada y eterna discusión filosófica tuviera lugar en el foro de su mente. Los aldeanos comenzaron a darle de lado, asustados por su carácter extraño, distraído e impredecible. Algunos incluso llegaron a asegurar que el anciano había dejado de dormir, y pasaba todos los días y todas las noches en busca de una respuesta imposible a una pregunta que nadie se había planteado nunca.

La peor pesadilla

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El calor del fuego y su cálida luz reunían a los cuatro amigos sentados a su alrededor. Arropada bajo una manta con Fabio, Mireia miraba con ojos adormecidos cómo las llamas de la pequeña fogata subían y bajaban. Él tomó un sorbo de su chocolate caliente y miró al frente, donde estaba sentado su amigo Dennis, abrigado hasta las cejas y abrazado a sus propias rodillas. Dennis solamente se movía levemente de vez en cuando para mirar de reojo a Daniela, sentada sobre un tronco caído a su lado, en silencio y como ausente. Fabio mantuvo la mirada firme hacia su amigo hasta que este no tuvo más remedio que devolvérsela. Con un gesto de cabeza, Fabio le señaló disimuladamente hacia Daniela. Lo estaba invitando a acercarse a ella para que no pasaran tanto frío, pero Dennis negó con disimulo, cohibido por su timidez. De buenas a primeras, la voz cansada y aburrida de Mireia se escuchó por encima del crepitar del fuego.

Caleidoscopio

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Estoy enamorado como un desquiciado, desquiciado de estar contigo y besarte hasta el ombligo, con motivo, sin motivo, vivo para estar contigo, lo digo mientras te miro, te miro y alivio consigo, alivio de mis días que te regalo, vida que te regalo mientras te cojo de la mano, coge tú mis caricias y mis besos, cargados de amor pero sin peso, te abrazo y te aprieto, y mi corazón no para quieto, me paro y te contemplo, eres tan divina como un templo, rezo arrodillado ante tu belleza, hermosísima de los pies a la cabeza, la cabeza me da vueltas y me mareo, mi mundo desaparece cuando te veo, verte es el sentido que me falta, por ti escalaría la montaña más alta, montañas nevadas de blanca nieve, epíteto innecesario donde los hubiere, epítetos que no alcanzan a describir, todo lo bueno que hay en ti, bondad y compasión, apoyo y comprensión, demasiado perfecta para ser real, pero tan real como perfecta, tan perfecta que no comprendo, qué ves en mí que yo tengo, te tengo en un espacio en ...

No hacer nada

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La pareja de hermanos se abría paso entre los escombros. Atadas en una sábana a sus espaldas, los pequeños llevaban las provisiones que habían podido apañar de las estanterías saqueadas y retorcidas del supermercado derrumbado. Por suerte, lograron hacerse con algunas latas de judías, pimientos y melocotones que encontraron debajo de los cascotes que antes fueron la oficina del gerente. Tras cuatro semanas de bombardeos, ya poco quedaba, y empezaban a escasear los alimentos. Regresar con provisiones al refugio después de la expedición al supermercado era casi un milagro. Cuando volviesen, los esperaban las escandalosas tripas de cada uno de los pocos supervivientes que malvivían bajo tierra, a salvo de la ira de fuego que parecía no dejar de caer de las naves invasoras del cielo. Los niños no dejaban de arrastrase con la esperanza de que la alegría de sus padres por la comida encontrada superase su enfado por haberse escapado sin permiso.

El rey de la historia

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El rey Huxley irrumpió en la amplia tienda de campaña por la entrada de tela. Se detuvo en seco y se llevó la mano furiosa a la empuñadura de su espada envainada. A unos pasos, se encontraba el caballero malherido, desprovisto del yelmo y de la parte superior de la armadura que le protegía el torso. El guerrero se retorcía de dolor en su lecho ensangrentado mientras lo torturaba el dolor de la multitud de cortes de espada y heridas de flecha que había recibido en su huida. El maestre sanador forcejeaba con su paciente para que no se resistiera. Con unas rústicas tenazas tiraba de la flecha partida que le sobresalía del hombro. La presencia firme y rabiosa del rey Huxley se adueñó de la estancia, y tanto maestre como paciente miraron hacia el monarca en silencio. Sin duda, estaba enfadado.

¿Qué te ha dicho la doctora?

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Jorge regresó al piso con gesto contrariado. Dejó las llaves en la cestita de al lado de la entrada y se dirigió derecho al salón, donde lo esperaba Nadia, tomándose su café de las cinco de la tarde. ― Hola, cariño ―lo recibió ella, sin levantarse del sillón y con una amable expresión en su rostro angelical―. ¿Qué te ha dicho la doctora?

Circo

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Atardecía con unas pesadas nubes naranjas en el oeste, pero en el horizonte opuesto la noche era tan oscura e intimidante que incluso parecía que el poco sol mortecino que quedaba se batía en rápida retirada detrás de la llanura. La tormenta nocturna amenazaba en la distancia, restallando con rayos verdosos entre nubarrones más negros que el carbón. El viento silbaba con fuerza y esparcía por los caminos de la feria abandonada las pocas hojas secas que aún no se había llevado para siempre. La noria se balanceaba de un lado para otro, crujiendo y chirriando, amenazando con su desplome al oxidado tiovivo de abajo, clavado al suelo e incapaz de correr para ponerse a salvo. Ninguno de sus caballos de plástico conservaba todas sus cuatro patas, pero todos sonreían quietos y mutilados, mientras que a alguno incluso le faltaba parte de la cabeza. Algo más allá, una de las puertas del puesto de algodón de azúcar era sacudida por las ráfagas y golpeaba caprichosamente la chapa metálica, ac...

Nombre

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Estoy sola en mi torre. No hablo para no quejarme, no lloro para no alarmarme, no grito para no desgañitarme. Estoy sola en mi torre, y soy la única responsable. Estoy sola en mi torre, y nadie lo sabe.

Vagabundo

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Poco me importa que la luna de este planeta árido, de montañas colosales, sólidas y compactas, se interponga entre mi caza estelar y el sol, sumiéndome lentamente en un eclipse de una oscuridad absoluta mientras sobrevuelo la superficie. No consigo apartar la mirada de la pequeña pantalla verde y redonda de la cabina. La imagen me muestra el barrido de señales del radar como si fuera un parabrisas verdoso que va y viene sobre un fondo milimetrado. Tamborileo con los dedos sobre la palanca de mando mientras me muerdo el labio, nervioso. Esa dichosa línea en la pantalla todavía no detecta ninguna señal de la cápsula de escape de Anna.

La bailarina del desierto

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Las ráfagas del viento marcaban el compás. Las dunas circundaban la reseca y agrietada planicie, convertida en una improvisada pista de baile para los remolinos de viento. Los granos brillantes de arena se elevaban en el aire y brillaban como diminutos diamantes golpeados por los intensos rayos de sol, que caían verticales desde lo alto de un azul tan puro que parecía inabarcable para la vista humana. La arena se lanzaba contra sí misma en espirales caprichosas de belleza reseca y calurosa. Y, de cuando en cuando, parecía modelar un volumen invisible en el aire, como si una joven transparente bailara despreocupada en un desierto ardiente bajo un calor abrasador.

Príncipe azul

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El príncipe, con aires de derrota, cruzaba el bosque con el sol naranja del atardecer a su espalda. Caminaba delante de su corcel, de nombre Veloz, llamado así tanto por la presteza de su galope como por la inmediatez de sus reflejos en la batalla. El príncipe, contrariado, sujetaba las riendas de su fiel compañero de fatigas y negaba para sí mismo sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

Petición de mano

Más allá de nuestro sol, nuestro sistema y nuestra galaxia, más allá de la insondable oscuridad por la que avanzan las galaxias en su peregrinaje universal, más allá de la fuente del tiempo que riega de creación las costas de la existencia, más allá de la multitud infinita de universos arremolinados y superpuestos, más allá de los planos dimensionales de toda la existencia material, más allá de la membrana de orden que mantiene la cohesión del conjunto, más allá del cordón umbilical de luz entrelazada que mantiene el latido constante y eterno, más allá de todo cuanto hay y habrá, se encuentra Todo, un ser inconcebible para cualquier forma de vida. Único, s olitario... y enamorado. Fuera de todo espacio y todo tiempo, el amor de Todo es lo único que existe para él. Y esta fuerza universal más allá de cualquier tipo de comprensión ha hecho que hoy Todo hinque la rodilla ante su idolatrada Nada, la dueña de su corazón, la dominadora de su sentido, la chispa que hizo que dentro d...

Diana

Ella se llama Diana, y Diana nunca se rinde.

Brindis al sol

Apenas se podía distinguir la forma de la nave en las alturas celestes del cielo. Se encontraba a tal altura que tan solo se distinguía el destello brillante de su fuselaje. Una columna de humo ascendente, cuyo origen se perdía entre el horizonte de hormigón de la ciudad, dejaba descrito en el firmamento el ascenso imparable de la nave hacia las fronteras de la atmósfera.

Algo curioso

El lunes le pasó algo curioso. Como en todos los inicios de semana, había terminado de trabajar a las nueve menos cuarto, cuarenta y cinco minutos más tarde de su hora de salida. Se dirigía a coger el metro, maletín en mano y paso apresurado. Estaba deseando llegar a casa, liberarse de las ataduras de su corbata y su camisa de cuello estrecho, y enfundarse su camiseta de Motörhead para olvidarse de los problemas del mundo mientras hacía vibrar con sus dedos las notas graves de su bajo. Pero ese deseado momento de desconexión aún debía esperar unos minutos hasta que llegase a casa. Ahora, esperaba pacientemente a que el semáforo de peatones se pusiera verde para poder llegar a la boca del metro del otro lado de la calle.

Los escritos de Sekai

Y ahí estaba Sekai, de pie, sola y con la barbilla bien alta, en una falsa señal de orgullo que apenas podía esconder el temblor de su miedo. Había alcanzado el borde mismo de la existencia. Muchos de los que se habían hecho eco del propósito de su viaje le habían hecho saber, sin ningún tipo de amable cortapisa, que estaba loca de remate, que su periplo iba a ser un despropósito catastrófico y que se abocaba directamente a su propia muerte guiada por unos ideales erróneos. Sin embargo, ella se mantuvo firme, firme y sola. Hasta que alcanzó su meta y se quedó de pie contemplando el objetivo alcanzado. Había demostrado que, desde el principio, había estado en lo cierto, pero ya no quedaba nadie a su lado para verlo. Allí estaba ella, de pie y sola, orgullosa y sola, asustada y sola, en el fin imposible de su mundo plano.