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Mostrando las entradas etiquetadas como Historias con latido

Lana Mandala (Segunda parte)

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La enorme mano apareció de repente muy por encima de la abertura de Foso. Surgió y se interpuso en la luz con la misma contundencia que la de un astro que bloquea los rayos del sol. Con el árbol sujeto entre los dedos, la mano se colocó justo encima del agujero en la tierra, dispuesta a soltarlo en cualquier momento. Lana, agarrada fuertemente a una rama, miró abajo, más allá de la bandada asustada de pájaros que volaba por debajo de ella, y vio que una oscuridad aún más densa que la sombra del gigante se hundía en las profundidades del Foso. Pronto caería junto con el árbol, de modo que aprovechó que el gigante estaba parado y ya no balanceaba el árbol con el vaivén de sus pasos para reunir valor para trepar hasta la mano y así evitar la caída. Justo cuando estaba preparada para comenzar a trepar, un repentino mareo le subió por la garganta y por un instante creyó que perdía el conocimiento. El gigante ya había tirado el árbol dentro del Foso.

Lana Mandala (Primera parte)

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El gigante se reclinó sobre Lana. Ella no pudo evitar retroceder unos pasos al creer que iba a ser aplastada. Instintivamente, alzó la mano hacia el mástil de la guitarra que llevaba a la espalda, como si se tratara de un arma capaz de hacer mella en semejante criatura imponente. Pero el gigante se movía despacio y con delicadeza mientras flexionaba su cuerpo para acercar su rostro al suelo de la planicie, en lo alto de la meseta. Estaba convencida de que de poco le iban a servir las tres piezas de armadura oxidada que llevaba puestas si aquel ser colosal simplemente decidía aplastarla de un manotazo. La mujer sintió que todo su interior se sobrecogía y la fuerte impresión la desbordó con lágrimas incontenibles en los ojos. Aquel ser colosal ocupaba todo su campo visual, y daba la impresión de que todo un mundo se arrodillaba delante de ella y agachaba su rostro para contemplarla desde lo alto con unos ojos del tamaño de enormes lunas llenas.

El peso del mundo

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― Cuénteme, Señor Chang, ¿Cómo se siente hoy?

De paso

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En aquel saloon perdido en el oeste, se encontraba sentado, justo en la esquina a la que no se atrevía a llegar la luz de las lámparas de aceite, el forajido que golpeaba su vaso contra la mesa. Pum. Pum. Pum. Pum. Lo hacía una y otra vez sin detenerse ni un momento, desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir. El golpeteo era constante e incansable, como las campanadas que nunca acaban de una iglesia desquiciada. Aquel extraño individuo había aparecido de la noche a la mañana en el establecimiento, y ya llevaba tres años frecuentando aquel decrépito lugar. A pesar de lo tremendamente molesto de los golpes continuos, nadie se había atrevido a llamarle la atención... Al menos después de lo que le había hecho al sheriff, quien había quedado reducido a una mancha en la pared. Desde entonces, la mera visión de la ropa de aquel extraño, siempre cubierta de barro y sangre seca, disuadían a cualquiera de cualquier acercamiento.

Claudio (Segunda parte de dos)

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― Hola, Claudio ―saludó el doctor Nibben, arrastrando una silla y colocándola delante del ordenador portátil. ― Hola, doctor ―respondió la máquina.

Claudio (Primera parte de dos)

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Eran las tres de la mañana cuando el doctor Nibben entró en la antesala de la cámara del superordenador y se colocó las gafas sobre sus ojos adormecidos. Se quedó plantado en la entrada de la puerta y alzó las palmas de las manos a la espera de una explicación a por qué le habían hecho volver al Centro de Investigación Climatológica a semejante hora. Delante, tenía a Christopher McKay, jefe del departamento informático, al joven becario Benny Higgins y al vigilante nocturno Frank Linares. Todos ellos situados en torno a una mesa que habían colocado en medio de la sala, sobre la que reposaba un portátil que mostraba el escritorio del sistema operativo en pantalla. Los presentes se quedaron en silencio mirando al doctor Nibben, cuya paciencia ya estaba a punto de agotarse para dar paso al más feroz de los enfados. Pero nadie fue capaz de pronunciar palabra alguna, a pesar de la bronca que se les avecinaba.

El concepto esférico

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El sabio anciano de la aldea había tenido una revelación. Tras haber pasado una noche meditando en lo alto del monte del fresno, su mirada cambió. Desde entonces, el brillo de sus ojos era constante y le era imposible contener el torrente de ideas que no paraban de brotar de su cabeza. El aluvión era tan abrumador que tenía que darle salida por la boca, y el anciano deambulaba por la aldea hablando para sí mismo, vomitando cavilaciones inconexas como si una acalorada y eterna discusión filosófica tuviera lugar en el foro de su mente. Los aldeanos comenzaron a darle de lado, asustados por su carácter extraño, distraído e impredecible. Algunos incluso llegaron a asegurar que el anciano había dejado de dormir, y pasaba todos los días y todas las noches en busca de una respuesta imposible a una pregunta que nadie se había planteado nunca.

La peor pesadilla

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El calor del fuego y su cálida luz reunían a los cuatro amigos sentados a su alrededor. Arropada bajo una manta con Fabio, Mireia miraba con ojos adormecidos cómo las llamas de la pequeña fogata subían y bajaban. Él tomó un sorbo de su chocolate caliente y miró al frente, donde estaba sentado su amigo Dennis, abrigado hasta las cejas y abrazado a sus propias rodillas. Dennis solamente se movía levemente de vez en cuando para mirar de reojo a Daniela, sentada sobre un tronco caído a su lado, en silencio y como ausente. Fabio mantuvo la mirada firme hacia su amigo hasta que este no tuvo más remedio que devolvérsela. Con un gesto de cabeza, Fabio le señaló disimuladamente hacia Daniela. Lo estaba invitando a acercarse a ella para que no pasaran tanto frío, pero Dennis negó con disimulo, cohibido por su timidez. De buenas a primeras, la voz cansada y aburrida de Mireia se escuchó por encima del crepitar del fuego.

Caleidoscopio

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Estoy enamorado como un desquiciado, desquiciado de estar contigo y besarte hasta el ombligo, con motivo, sin motivo, vivo para estar contigo, lo digo mientras te miro, te miro y alivio consigo, alivio de mis días que te regalo, vida que te regalo mientras te cojo de la mano, coge tú mis caricias y mis besos, cargados de amor pero sin peso, te abrazo y te aprieto, y mi corazón no para quieto, me paro y te contemplo, eres tan divina como un templo, rezo arrodillado ante tu belleza, hermosísima de los pies a la cabeza, la cabeza me da vueltas y me mareo, mi mundo desaparece cuando te veo, verte es el sentido que me falta, por ti escalaría la montaña más alta, montañas nevadas de blanca nieve, epíteto innecesario donde los hubiere, epítetos que no alcanzan a describir, todo lo bueno que hay en ti, bondad y compasión, apoyo y comprensión, demasiado perfecta para ser real, pero tan real como perfecta, tan perfecta que no comprendo, qué ves en mí que yo tengo, te tengo en un espacio en ...

No hacer nada

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La pareja de hermanos se abría paso entre los escombros. Atadas en una sábana a sus espaldas, los pequeños llevaban las provisiones que habían podido apañar de las estanterías saqueadas y retorcidas del supermercado derrumbado. Por suerte, lograron hacerse con algunas latas de judías, pimientos y melocotones que encontraron debajo de los cascotes que antes fueron la oficina del gerente. Tras cuatro semanas de bombardeos, ya poco quedaba, y empezaban a escasear los alimentos. Regresar con provisiones al refugio después de la expedición al supermercado era casi un milagro. Cuando volviesen, los esperaban las escandalosas tripas de cada uno de los pocos supervivientes que malvivían bajo tierra, a salvo de la ira de fuego que parecía no dejar de caer de las naves invasoras del cielo. Los niños no dejaban de arrastrase con la esperanza de que la alegría de sus padres por la comida encontrada superase su enfado por haberse escapado sin permiso.

El rey de la historia

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El rey Huxley irrumpió en la amplia tienda de campaña por la entrada de tela. Se detuvo en seco y se llevó la mano furiosa a la empuñadura de su espada envainada. A unos pasos, se encontraba el caballero malherido, desprovisto del yelmo y de la parte superior de la armadura que le protegía el torso. El guerrero se retorcía de dolor en su lecho ensangrentado mientras lo torturaba el dolor de la multitud de cortes de espada y heridas de flecha que había recibido en su huida. El maestre sanador forcejeaba con su paciente para que no se resistiera. Con unas rústicas tenazas tiraba de la flecha partida que le sobresalía del hombro. La presencia firme y rabiosa del rey Huxley se adueñó de la estancia, y tanto maestre como paciente miraron hacia el monarca en silencio. Sin duda, estaba enfadado.

¿Qué te ha dicho la doctora?

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Jorge regresó al piso con gesto contrariado. Dejó las llaves en la cestita de al lado de la entrada y se dirigió derecho al salón, donde lo esperaba Nadia, tomándose su café de las cinco de la tarde. ― Hola, cariño ―lo recibió ella, sin levantarse del sillón y con una amable expresión en su rostro angelical―. ¿Qué te ha dicho la doctora?

Circo

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Atardecía con unas pesadas nubes naranjas en el oeste, pero en el horizonte opuesto la noche era tan oscura e intimidante que incluso parecía que el poco sol mortecino que quedaba se batía en rápida retirada detrás de la llanura. La tormenta nocturna amenazaba en la distancia, restallando con rayos verdosos entre nubarrones más negros que el carbón. El viento silbaba con fuerza y esparcía por los caminos de la feria abandonada las pocas hojas secas que aún no se había llevado para siempre. La noria se balanceaba de un lado para otro, crujiendo y chirriando, amenazando con su desplome al oxidado tiovivo de abajo, clavado al suelo e incapaz de correr para ponerse a salvo. Ninguno de sus caballos de plástico conservaba todas sus cuatro patas, pero todos sonreían quietos y mutilados, mientras que a alguno incluso le faltaba parte de la cabeza. Algo más allá, una de las puertas del puesto de algodón de azúcar era sacudida por las ráfagas y golpeaba caprichosamente la chapa metálica, ac...

Nombre

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Estoy sola en mi torre. No hablo para no quejarme, no lloro para no alarmarme, no grito para no desgañitarme. Estoy sola en mi torre, y soy la única responsable. Estoy sola en mi torre, y nadie lo sabe.

Vagabundo

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Poco me importa que la luna de este planeta árido, de montañas colosales, sólidas y compactas, se interponga entre mi caza estelar y el sol, sumiéndome lentamente en un eclipse de una oscuridad absoluta mientras sobrevuelo la superficie. No consigo apartar la mirada de la pequeña pantalla verde y redonda de la cabina. La imagen me muestra el barrido de señales del radar como si fuera un parabrisas verdoso que va y viene sobre un fondo milimetrado. Tamborileo con los dedos sobre la palanca de mando mientras me muerdo el labio, nervioso. Esa dichosa línea en la pantalla todavía no detecta ninguna señal de la cápsula de escape de Anna.

La bailarina del desierto

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Las ráfagas del viento marcaban el compás. Las dunas circundaban la reseca y agrietada planicie, convertida en una improvisada pista de baile para los remolinos de viento. Los granos brillantes de arena se elevaban en el aire y brillaban como diminutos diamantes golpeados por los intensos rayos de sol, que caían verticales desde lo alto de un azul tan puro que parecía inabarcable para la vista humana. La arena se lanzaba contra sí misma en espirales caprichosas de belleza reseca y calurosa. Y, de cuando en cuando, parecía modelar un volumen invisible en el aire, como si una joven transparente bailara despreocupada en un desierto ardiente bajo un calor abrasador.

Príncipe azul

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El príncipe, con aires de derrota, cruzaba el bosque con el sol naranja del atardecer a su espalda. Caminaba delante de su corcel, de nombre Veloz, llamado así tanto por la presteza de su galope como por la inmediatez de sus reflejos en la batalla. El príncipe, contrariado, sujetaba las riendas de su fiel compañero de fatigas y negaba para sí mismo sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

Petición de mano

Más allá de nuestro sol, nuestro sistema y nuestra galaxia, más allá de la insondable oscuridad por la que avanzan las galaxias en su peregrinaje universal, más allá de la fuente del tiempo que riega de creación las costas de la existencia, más allá de la multitud infinita de universos arremolinados y superpuestos, más allá de los planos dimensionales de toda la existencia material, más allá de la membrana de orden que mantiene la cohesión del conjunto, más allá del cordón umbilical de luz entrelazada que mantiene el latido constante y eterno, más allá de todo cuanto hay y habrá, se encuentra Todo, un ser inconcebible para cualquier forma de vida. Único, s olitario... y enamorado. Fuera de todo espacio y todo tiempo, el amor de Todo es lo único que existe para él. Y esta fuerza universal más allá de cualquier tipo de comprensión ha hecho que hoy Todo hinque la rodilla ante su idolatrada Nada, la dueña de su corazón, la dominadora de su sentido, la chispa que hizo que dentro d...

La mansión (Segunda parte de dos)

Más allá del sendero del jardín reseco, más allá del césped muerto sembrado de espinas, más allá de la fuente destrozada que salpicaba chorros de algo negro y viscoso, más allá de cualquier resto de cordura, se encontraba la mansión. Alice subió los pocos escalones hasta el porche y se aproximó a la puerta de entrada. Su firme convicción de que allí dentro se encontraba su bebé desaparecido la animó a tocar con fuerza en la madera agrietada para hacerse oír en el interior de la enorme y desvencijada vivienda. Esperó la respuesta unos segundos, pero solo encontró como respuesta los graznidos de los cuervos que la vigilaban desde las ramas retorcidas de los árboles monstruosos. Suspiró, no por resignación, sino para llenar sus pulmones y su espíritu de fuerza. Se puso la manta de su hija sobre los hombros y empujó la puerta de dos hojas para abrirla de par en par. La madera cedió al empuje y se astilló por los marcos. Una bofetada de olor a humedad y a aire estancado le sacudió la nar...

La mansión (Primera parte de dos)

Niebla y barro era cuanto había en aquel páramo. A pesar de que era pleno día, Alice no era capaz de distinguir el sendero del resto del barro en el que hundía sus zapatos rotos bajo la falda. “Siga el camino y no se salga de él”, le había recomendado el cochero, antes de fustigar a sus caballos para alejarse a toda prisa de la linde de la ciénaga maldita. Pero aquel consejo había caído en saco roto cuando Alice se fue adentrando cada vez más en la densa bruma, y todo a su alrededor desapareció engullido por el frío húmedo y mortecino de la niebla. Incluso se le emborronaba la mirada al bajar la vista hacia el borde sucio y mojado de su falda larga. Alice hizo de tripas corazón y estrujó la manta celeste que llevaba en sus manos. Se la llevó hasta la nariz y dejó que el aroma penetrara en sus fosas nasales. Aún olía a ella. Era el olor suave y dulce de su hija recién nacida. Apretó los labios, se pasó la mano por el cabello recogido en un moño descuidado y continuó adentrándose en la ...