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Zona en obras (Epílogo)

Kara Robbinson “Querido diario: Mi terapeuta insiste en que escribir un diario me ayudará a superar la muerte de Claude. La verdad es que tener que escribir cada noche cómo me siento y qué he hecho durante el día me parece un coñazo, pero el psicólogo no deja de recomendarme que será bueno para mí. Según él, de esta manera exteriorizaré mis sentimientos y podré verlos desde fuera y analizarlos y abordarlos mejor. En fin, cosas de loqueros, supongo.

Zona en obras (Novena y última parte)

A pesar de los estridentes y molestos vítores obscenos de la criatura, Claude podía escuchar el atrayente crepitar de las llamas sobre la hoja de la espada maligna. Estaba allí, tirada en la tierra, sin que el victorioso y saltarín ser de las Profundidades le prestase la más mínima atención. Ante sí, el vigilante disponía de la ocasión perfecta para atacar de un modo repentino e implacable, y a tan solo unos pasos de distancia tenía el arma ideal para hacer desaparecer al monstruo. La ira de Claude rebosó en forma de resoplidos y ya comenzaba a imaginarse de qué manera hundiría la hoja de metal candente en la tripa de la bestia, y cómo la retorcería luego lentamente, cortando y triturando todas y cada una de las entrañas que el filo cortante encontrase a su paso. La criatura iba a pagar, iba a sufrir, iba a suplicar por su triste existencia, y, al final, el vigilante la mataría. Y Claude iba a disfrutar de cada segundo.

Zona en obras (Octava parte)

Kara sentía aquellos pestilentes labios rugosos frotándose contra su piel. Aquel ser retorcía su boca contra la de ella, como si el acto fuese una macabra rúbrica que sellase su vínculo impío. Ella apretó firmemente los labios cuando notó el empuje de la cálida y viscosa lengua, tratando de entrar en su boca. La chica se resistió con éxito e impidió que la lengua llegase más lejos. Con todas sus fuerzas, golpeó con sus puños en el pecho esquelético de la criatura en la que se había convertido Elémiah, pero no consiguió liberarse de su abrazo. Al atónito Claude se le revolvieron las tripas cuando vio que su hermana ansiaba zafarse, pero no podía a causa de los brazos y las alas de la criatura, que la rodeaban. Le repugnó hasta casi el punto del vómito contemplar cómo aquel ser espeluznante, de aspecto de gárgola con alas de piel, sometía a Kara a un beso forzado.

Zona en obras (Séptima parte)

En silencio, Elémiah señaló hacia delante para que Claude mirara en esa dirección. La escena que veían parecía confirmar todo lo que Elémiah había dicho respecto de su hermana. La joven muchacha estaba en compañía de otro ángel, pero aquel era diferente de Elémiah. Tenía el aspecto de una hermosa mujer mujer alada. Desde la distancia, los ojos del vigilante recorrieron su curvilíneo cuerpo, cuyas formas redondeadas se marcaban mucho más por las sombras que la noche dibujaba en su piel. Claude, turbado, tardó unos segundos en percatarse de que aquel ángel femenino sangraba abundantemente por el brazo que escondía tras su ala izquierda.

Zona en obras (Sexta parte)

― ¿Besarte en los labios? ―Kara no terminaba de creérselo―. ¿Me salvarás con un beso en los labios?

Zona en obras (Quinta parte)

― ¿¡...Que van a matar a mi hermanita!? ―preguntó Claude, con la más agria de las angustias recorriendo el gesto de su rostro. Cuando formuló la pregunta, se señaló el pecho repetidas veces, para dejar claro que aquella persona mencionada era muy querida para él.

Zona en obras (Cuarta parte)

Los pies de Kara se apresuraron desesperadamente sobre el césped para regresar al sendero del parque. Sus pasos nerviosos y asustados se amortiguaban en la hierba con un sonido sordo, mientras la chica no dejaba de lanzar miradas hacia atrás para comprobar si aquel ser la estaba siguiendo. Hacía tan solo unos segundos, Kara había conseguido mantenerse tranquila y estática delante de aquel ángel; femenino, mutilado y arrodillado. Pero, finalmente, su miedo se había sobrepuesto al asombro. Las sensaciones de peligro e incertidumbre la obligaron a emprender una huida angustiosa para alejarse todo lo posible de aquel ser, cuya existencia creía imposible.

Zona en obras (Tercera parte)

― ¿Esto es una broma pesada o es que te has fumado algo? ―preguntó David, claramente enfadado con su compañero―. Espero que tengas una buena explicación para esto, porque la ambulancia que he llamado viene de camino.

Zona en obras (Segunda parte)

“ Creo que ha llegado el momento de hablar”. Esa había sido la frase que le había dicho su novio hacía una media hora. Era tarde y Kara iba sentada en el autobús de vuelta a casa. Disimulaba las lágrimas con un pañuelo de papel que, de vez en cuando, se acercaba a los ojos encharcados. Aquella maldita frase retumbaba una y otra vez dentro de su cabeza y su eco le taladraba el corazón derramando en su interior toda la pena que le oprimía el pecho y le estrechaba la garganta. “Creo que ha llegado el momento de hablar”, aquellas terribles palabras la perseguían como una maldición asfixiante que estuviese haciéndole compañía en el asiento de al lado.

Zona en obras (Primera parte)

― ¿Has oído ese ruido? ―preguntó Claude, acercándose el walkie-talkie a la boca, cuando ya iba por la mitad de su ronda nocturna en la zona en obras.