No se lo digas a mi hija (Tercera parte de tres)
Sus ojos verdosos de pupila vertical no eran humanos y ni siquiera daban la sensación de poder albergar emoción alguna. Sin embargo, en aquel momento, el monstruo estaba llorando en la orilla del lago subterráneo. Y sus lágrimas caían para perderse en la bruma que ocultaba las zarpas de sus patas traseras. Balanceó su pesada cabeza y la papada se agitó, salpicando por todas partes las babas acumuladas entre los pliegues de su dura piel. Ronroneó con debilidad y volvió a agachar la cabeza.