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No se lo digas a mi hija (Tercera parte de tres)

Sus ojos verdosos de pupila vertical no eran humanos y ni siquiera daban la sensación de poder albergar emoción alguna. Sin embargo, en aquel momento, el monstruo estaba llorando en la orilla del lago subterráneo. Y sus lágrimas caían para perderse en la bruma que ocultaba las zarpas de sus patas traseras. Balanceó su pesada cabeza y la papada se agitó, salpicando por todas partes las babas acumuladas entre los pliegues de su dura piel. Ronroneó con debilidad y volvió a agachar la cabeza.

No se lo digas a mi hija (Segunda parte de tres)

“ Todo es culpa de esa maldita hechicera”, se quejaba Deuto, embutiéndose en las estrecheces de una grieta en la que le era imposible girar la cabeza para mirar atrás. Su espada envainada se enganchaba de vez cuando en algún recoveco de la pared irregular y porosa, y Deuto se las tenía que apañar para retroceder unos pasos, desengancharse y continuar con la marcha. El humo de la antorcha se mezclaba con la humedad de la gruta y enralecía aún más el aire, ya de por sí estancado. Al menos ya podía ver la abertura a unos pocos pasos de distancia. En el último trecho, tuvo que tirar de sí mismo para poder verse fuera, de una vez por todas, de aquel pasaje angosto. Se pasó el dorso de la mano por la nariz para enjugar la gota de sudor que le caía y desenvainó la espada. Notó pegajosa la empuñadura. Su mano todavía tenía restos de la sangre de Nore.

No se lo digas a mi hija (Primera parte de tres)

― Prométeme que no se lo dirás a mi hija. ¡Promételo! Por lo que más quieras, Deuto. Júrame que no le dirás a mi pequeña que esa cosa ha podido con su padre.