La cálida luz del sol de la tarde se filtraba en las alturas a través de las frondosas ramas. Dana cerró los ojos y alzó la cabeza hacia el cielo, que dejaba entrever su claro azul celeste por los huecos entre las hojas. Percibió el calor del sol en su cara, dibujando luces y sombras caprichosas al mismo tiempo que la agradable brisa mecía las ramas de arriba. El susurro de los árboles se convirtió en una melodía tranquila y relajante que entraba por sus oídos y se hundía hasta su corazón, calmando su latido y acompasándolo al vaivén del follaje que la rodeaba. Sin pretenderlo, una media sonrisa apareció en su rostro. Estaba tranquila y se sentía en paz. Entonces, escuchó el paso apresurado de cuatro patas que se acercaban hacia ella. Abrió los ojos y bajó la mirada para ver a su perra Nomi corriendo y saltando algunos arbustos, mientras sostenía en su hocico el palo que Dana le había tirado.