En aquel saloon perdido en el oeste, se encontraba sentado, justo en la esquina a la que no se atrevía a llegar la luz de las lámparas de aceite, el forajido que golpeaba su vaso contra la mesa. Pum. Pum. Pum. Pum. Lo hacía una y otra vez sin detenerse ni un momento, desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir. El golpeteo era constante e incansable, como las campanadas que nunca acaban de una iglesia desquiciada. Aquel extraño individuo había aparecido de la noche a la mañana en el establecimiento, y ya llevaba tres años frecuentando aquel decrépito lugar. A pesar de lo tremendamente molesto de los golpes continuos, nadie se había atrevido a llamarle la atención... Al menos después de lo que le había hecho al sheriff, quien había quedado reducido a una mancha en la pared. Desde entonces, la mera visión de la ropa de aquel extraño, siempre cubierta de barro y sangre seca, disuadían a cualquiera de cualquier acercamiento.