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Mostrando las entradas etiquetadas como Llantos

Llanto final: La Montaña de las Lágrimas

“ Ya hemos llegado”. Zimmer todavía recuperaba el aliento después de haber subido por la pedregosa y empinada pendiente del monte. Colocó los brazos en jarra y echó la vista atrás. Gerard todavía estaba subiendo a duras penas por la loma, siguiendo las pisadas que su amigo había dejado tras de sí. Tras unos inesperados resbalones sobre la tierra suelta, Gerard alzó la mano y Zimmer lo ayudó a llegar hasta él. Exhausto por el esfuerzo y la falta de costumbre, Gerard notaba los muslos cargados y los gemelos ardiendo. Jadeante y con la boca seca, se apoyó sobre las rodillas para apaciguar los acelerados latidos de su corazón fatigado. “Es una auténtica maravilla”, pronunció Zimmer, que parecía inmune al cansancio y cuya mirada destellaba a causa del festín de belleza paisajística de la que gozaba desde aquel punto alto. Gerard levantó la vista del suelo para beber un poco de su cantimplora, pero el agua apenas llegó a rozar sus labios. De súbito también se había quedado prendado por la a...

Llanto noveno: Sangre

― ¿De verdad estás rompiendo conmigo por teléfono? ―preguntó Sandra, claramente molesta, yendo nerviosa de un lado para otro en el cuarto de baño.

Llanto octavo: Hermanas

Penélope se lavaba las manos sin levantar la vista de la cerámica. Nunca le había gustado ver su reflejo en el espejo, a pesar de que, en aquella ocasión, estrenaba el vestido que se había comprado exclusivamente para salir de fiesta con sus nuevas hermanas aquella noche. Tras la ceremonia del día anterior, ellas cinco eran como auténticas hermanas, y ese era un motivo más que suficiente para salir a celebrarlo. Penélope frotaba concienzudamente las manos entre sí para enjuagarse el jabón, y apretó los labios. A pesar del intenso estímulo inicial, la noche no estaba resultando ir como ella había imaginado. Mismo centro comercial, misma terraza, misma música y mismos babosos que no dejaban de entrarle para ligar con ella, y, a medida que avanzaba la noche, los halagos que le lanzaban olían cada vez más a alcohol. Al menos, en aquel instante en el servicio de chicas, Penélope disfrutaba de algo soledad, y se recreó en el tracto húmedo y fresco del agua que limpiaba sus manos. Se fijó ...

Llanto séptimo: Lorenzo deKai

Martes por la mañana, y David tomaba su desayuno de pie al lado de la encimera. Bebía sorbos de su café mientras de fondo sonaba el informativo del canal de noticias veinticuatro horas. El presentador informaba de lo de siempre, y David hacía también lo de siempre: dejar que su mente se dispersara sin control por toda la cocina con la vista perdida y el vago recuerdo mental del sueño, cruelmente interrumpido, de la noche anterior. El timbre de la puerta sonó de pronto, de modo que dejó la taza sobre la encimera y se acercó a abrir. “Buenos días”, le dijo el sonriente cartero cuando David abrió. “¿Es usted Lorenzo deKai?”.

Llanto sexto: Sirena

Desde su barca, “La Gran Jane”, el Gran Joe lanzó la línea de la caña lo más lejos posible y dejó caer el cebo en el agua del lago. Luego, encajó la caña en el soporte y se sentó plácidamente en la silla mientras abría una lata de cerveza. Ahora solo tendría que esperar a que picasen. Aunque el panorama a su alrededor sobrecogía a causa de la belleza natural realzada por los intensos colores de un atardecer de otoño, el Gran Joe ya tenía aquel sitio más que visto. Dejó la cerveza a un lado y se puso las gafas de cerca, que llevaba colgadas al cuello, con el propósito de descifrar cómo se manejaba aquella tableta que le había regalado su ahijado. Según este, con aquel aparato tan delgado y fino como una lámina de cartón, el Gran Joe podría hacer de todo, incluso escuchar la radio, que era lo que le pedía su robusto cuerpo en aquel momento. Entornó los ojos cuando deslizó el índice sobre la pulida superficie para desbloquear la pantalla. Asintió satisfecho cuando se desplegó toda una se...

Llanto quinto: Novia

Como era habitual, el viejo Micah caminaba solo pendiente abajo por la acera. Poco le importaba la hora de la madrugada que fuese. Sabía que era de noche, y que ya era tarde, por lo tanto, había llegado el momento de regresar a su rincón favorito de la ciudad para pasar la noche. Se trataba de un recoveco pequeño, pero acogedor, en el callejón de la parte trasera de la pizzería Giulio´s. Un remanso de silencio y tranquilidad, sin humedades, ni contenedores, ni ojos curiosos ni, sobre todo, gamberros aficionados a apalear a vagabundos. Micah iba por la acera, despacio y sin movimientos bruscos, mientras sujetaba el manillar de su desvencijado carrito de la compra, que traqueteaba sobre los adoquines y las grietas malintencionadas que no dejaban de intentar volcarlo. El esquelético vehículo tenía la rueda trasera derecha atascada y algunas de las finas varillas de metal de su chasis estaban abolladas, señal inequívoca de la dura vida que había llevado aquel pobre carrito desde que un dí...

Llanto cuarto: Samy

Greg se detuvo delante de la puerta del dormitorio de su hija, suspiró y se apoyó en el marco. Echó un vistazo dentro, pero no encontró a la pequeña Diana por ninguna parte. El cuarto estaba tan a oscuras que difícilmente podía ver el color rosa pastel de las paredes, las pegatinas de mariposas en el cabecero de la cama o las estanterías repletas de muñecas. La única luz que entraba en aquella habitación era la que provenía del pasillo y convertía a Greg en una silueta oscura en el umbral. Estuvo a punto de llamar a su hija en voz alta, pero justo en ese momento escuchó su sollozo. La pequeña se había escondido debajo de la cama.

Llanto tercero: Transparente

Lys vive en un abismo solitario del que la gente corriente no ha oído hablar nunca. Los minutos, las horas, los días... Todo el tiempo pasa igual para ella: monótono, repetitivo y cansino. Nada cambia, nada se queda, nada permanece. Nadie se preocupa, nadie se queda, nadie la quiere. La única constante en su vida es el vacío, y con él convive. Un amante vacuo y cruel que responde con silencio hiriente a sus gritos de socorro, a sus peticiones desesperadas por que alguien la mire, le sonría y le pregunte que qué tal está. Pero ese momento soñado de alivio parece no llegar nunca, y la rebeldía del principio fue tornándose con el tiempo en conformismo, y luego en apatía hasta llegar al día de hoy. “¿Para qué molestarse en nada si nada va a cambiar?”, pensaba, reflexionando para sí misma, para ella misma, la única, la eterna, la fiel amiga propia y única persona de este mundo que se preocupaba verdaderamente por sus propios pensamientos. “¿Para qué esforzarme si nadie puede verme?”.

Llanto segundo: Amorte

― Gracias por venir tan rápido, Gordon ―fue lo primero que dijo Mathias al abrir la puerta de su casa―. No te habría molestado si no fuera verdaderamente importante.

Llanto primero: Loba

El coche avanzaba con dificultad por el sendero de tierra, que apenas se podía adivinar entre la maleza del camino. Laura conducía con las dos manos firmes sobre el volante del turismo, soportando las sacudidas de la dirección, que sufría abriéndose camino entre las rocas. De reojo, echó un vistazo a su hermana. Saray guardaba silencio y miraba por la ventana distraída con el lento paso de los árboles con la luz de la tarde de fondo. Laura sopesó si decir algo, pero ya había discutido hacía unos minutos con Saray, y todavía notaba en su propia cara el calor del enfado que le había hecho coger. Laura ya no creía en que volver a sacar el tema de la decisión de su hermana fuese a cambiar algo, de modo que reafirmó sus manos en el volante y se concentró en no perder la vaga senda que se adentraba en el bosque y terminaba unos kilómetros más adelante, en la arboleda más profunda y menos transitada. Según Saray, el lugar perfecto para desaparecer para siempre.