Eran las tres de la mañana cuando el doctor Nibben entró en la antesala de la cámara del superordenador y se colocó las gafas sobre sus ojos adormecidos. Se quedó plantado en la entrada de la puerta y alzó las palmas de las manos a la espera de una explicación a por qué le habían hecho volver al Centro de Investigación Climatológica a semejante hora. Delante, tenía a Christopher McKay, jefe del departamento informático, al joven becario Benny Higgins y al vigilante nocturno Frank Linares. Todos ellos situados en torno a una mesa que habían colocado en medio de la sala, sobre la que reposaba un portátil que mostraba el escritorio del sistema operativo en pantalla. Los presentes se quedaron en silencio mirando al doctor Nibben, cuya paciencia ya estaba a punto de agotarse para dar paso al más feroz de los enfados. Pero nadie fue capaz de pronunciar palabra alguna, a pesar de la bronca que se les avecinaba.