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El testamento del dragón (Tercera parte de tres)

― Aún no te puedo ver bien, escriba ―le dijo el dragón―. Camina hasta aquí delante. Pragun daba pasos cortos sin apartar la vista del voluminoso cuerpo de la criatura. Las alas, agrietadas y rasgadas, estaban encogidas sobre el lomo, muy por encima de la cabeza del escriba. La sólidas escamas del vientre se solapaban unas encima de otras formando una formidable armadura que a todas luces parecía completamente impenetrable ante cualquier ataque de lanza, flecha o espada. A medida que caminaba, las escamas iban disminuyendo de tamaño y grosor según se aproximaba a la zona del cuello. Las de esa zona se reducían hasta desaparecer totalmente y dejar paso a una zona blanda de carne pálida, justo bajo el largo cuello del dragón. La luz de la antorcha iba y venía acorde al vaivén de la respiración de la criatura, que removía todo el aire de la cámara de piedra. De pronto, Pragun divisó un asa de madera astillada asomando por la parte carnosa del cuello, en medio de una zona empapada...

El testamento del dragón (Segunda parte de tres)

― ¿Pretende que entre ahí solo con esa criatura? ―se quejó Pragun, de espaldas a la entrada de la gruta. Algunos soldados comenzaron a aproximarse a su alrededor, con las manos preparadas en las empuñaduras de las espadas. De reojo, el escriba vio que cada vez los tenía más cerca y rebajó el tono de su queja―. Escuche, capitán, comprendo que el ancestral código de su orden es tajante en lo concerniente a respetar la última voluntad de sus enemigos derrotados, pero... pero yo... Esto... ―Pragun resopló y señaló insistentemente hacia la oscuridad de la cueva―. Esa cosa de ahí podrá comerme de una sola dentellada si alguien no me acompaña con su acero.

El testamento del dragón (Primera parte de tres)

El soldado empujó con fuerza a Pragun por la espalda y a este casi se le caen los pergaminos que llevaba en su bolsa de cuero. Cuando se dio media vuelta y miró desafiante al soldado, este se llevó la mano a la empuñadura de la espada envainada. “Sigue caminando”, fue lo único que dijo su contundente voz desde debajo del yelmo que le protegía la cabeza y ocultaba su rostro. Pragun se acomodó la correa de su bolso sobre el hombro y continuó recorriendo con resignación la oscura senda que apenas le permitían ver las antorchas clavadas en la tierra.