La bestia parpadeaba con debilidad. Su pupila alargada se había dilatado al máximo para aprovechar la escasa luz que llegaba a la explanada situada a los pies del castillo. El cielo nocturno y nublado bloqueaba por completo la luz lunar, tan solo el brillo anaranjado y lejano del castillo en llamas movía las sombras de los difuntos sembrados en el campo de batalla. Lanzas, espadas y flechas, clavadas en carne sanguinolenta, se alzaban al cielo y marcaban la tumba de cada guerrero, formando un bosque de metal ensangrentado, empuñaduras desgastadas y astas de lanzas partidas y astilladas. Y en medio de la barbarie, el dragón, firmemente apoyado sobre sus cuatro patas.