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Sujeto de prueba 001 (Segunda parte de siete)

Día 1, martes, 8 de mayo del 2035. Signos vitales: Temperatura: 35,7 ºC. Pulso: 82. Presión arterial: 118 / 77.

Sujeto de prueba 001 (Primera parte de siete)

Día 0, lunes, 7 de mayo del 2035. Signos vitales: Temperatura: 35,7 ºC. Pulso: 85. Presión arterial: 117 / 75.

Algo curioso

El lunes le pasó algo curioso. Como en todos los inicios de semana, había terminado de trabajar a las nueve menos cuarto, cuarenta y cinco minutos más tarde de su hora de salida. Se dirigía a coger el metro, maletín en mano y paso apresurado. Estaba deseando llegar a casa, liberarse de las ataduras de su corbata y su camisa de cuello estrecho, y enfundarse su camiseta de Motörhead para olvidarse de los problemas del mundo mientras hacía vibrar con sus dedos las notas graves de su bajo. Pero ese deseado momento de desconexión aún debía esperar unos minutos hasta que llegase a casa. Ahora, esperaba pacientemente a que el semáforo de peatones se pusiera verde para poder llegar a la boca del metro del otro lado de la calle.

Los escritos de Sekai

Y ahí estaba Sekai, de pie, sola y con la barbilla bien alta, en una falsa señal de orgullo que apenas podía esconder el temblor de su miedo. Había alcanzado el borde mismo de la existencia. Muchos de los que se habían hecho eco del propósito de su viaje le habían hecho saber, sin ningún tipo de amable cortapisa, que estaba loca de remate, que su periplo iba a ser un despropósito catastrófico y que se abocaba directamente a su propia muerte guiada por unos ideales erróneos. Sin embargo, ella se mantuvo firme, firme y sola. Hasta que alcanzó su meta y se quedó de pie contemplando el objetivo alcanzado. Había demostrado que, desde el principio, había estado en lo cierto, pero ya no quedaba nadie a su lado para verlo. Allí estaba ella, de pie y sola, orgullosa y sola, asustada y sola, en el fin imposible de su mundo plano.

Piña colada

Los colores chillones de los neones que anunciaban varias marcas de cerveza eran la única fuente de luz dentro de aquel tugurio. El bar de Oli era oscuro y olía a cerrado, pero era justo el tipo de local que atraía, como moscas a la luz, a la escasa y dispareja panda de perdedores que acudía allí cada noche para ahogar sus penas en alcohol y en conversaciones cargadas de silencios, pensamientos profundos y miradas perdidas. Era jueves y, como todos los jueves y como todos los días, Oli se quedó un rato observando atentamente desde detrás de la barra cómo aquel anciano sentado al otro extremo se encorvaba desgarbado sobre su vaso de piña colada.

La nueva vida de Dana (Tercera parte de tres)

Pequeños y brillantes eran los ojos que destellaban desde la profundidad oscura y rocosa de la cueva. Atónitos y abiertos redondos de par en par, observaron incrédulos cómo la joven Dana se alejaba de la entrada de la cueva. Aquel ser, peludo y encorvado, dejaba que las sombras ocultaran su flaco cuerpo, mientras daba pequeños brincos nerviosos tras una estalagmita.

La nueva vida de Dana (Segunda parte de tres)

Colocó los brazos en jarra e inclinó la cabeza a un lado mientras no perdía detalle de la inmensa gruta que se abría ante ella como si fuera la entrada a un burdo y pedregoso túnel de una carretera forestal abandonada. Al lado de Dana, su perra Nomi seguía sentada en la hierba, emitiendo de vez en cuando algún gemido lastimero, como si al animal le preocupase que su dueña de adentrara en la oscuridad de delante.