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Boda de ladrones (Cuarta parte de cinco)

“ ¿Por qué haces esto?”, oyó decir Hanzo. Este frunció el ceño y dejó de apartar la tierra sobre la tapa del ataúd de madera sobre el que estaba de rodillas. Alzó la mirada hacia lo alto y vio a Kayra de pie al borde de la zanja que él acababa de cavar en la húmeda tierra del cementerio. La joven lo miraba en silencio, con la pala del enterrador apoyada sobre el hombro derecho.

Boda de ladrones (Tercera parte de cinco)

La pareja de ladrones se deslizó sigilosamente por la cuerda hasta que las suelas acolchadas se encontraron con las húmedas briznas de hierba ocultas bajo la bruma del siniestro lugar. Kayra desenganchó la cuerda de lo alto del muro y cogió el gancho al vuelo en su caída. La chica se movía rápido y en silencio, con su esbelto cuerpo bajo la tela negra que la ocultaba en las sombras como si se tratara de una proyección fuera de todo tiempo y espacio. Hanzo se arrodilló tras la primera piedra que encontró, sintió la piedra fría humedeciéndole las puntas de los dedos que sobresalían de sus mitones. El tacto le erizó la piel, y poco tardó en bajar la mirada y toparse con el nombre inscrito en la superficie. Se había escondido tras una tumba, y, más allá, era lo único que podía ver: un ejército de lápidas torcidas sobresaliendo de un mar de niebla baja. Hanzo apretó los dientes y frunció el ceño. Todavía no terminaba de entender cómo Kayra lo había convencido de hacer algo que en realidad ...

Boda de ladrones (Segunda parte de cinco)

Hanzo no supo cómo reaccionar. ¿Kayra lo estaba diciendo en serio? ¿De verdad quería casarse con él?

Boda de ladrones (Primera parte de cinco)

La noche era plateada y serena. La luna llena iluminaba con tal intensidad que parecía querer rivalizar con la luz de su hermano sol. Allá arriba, desde su reino estrellado de las alturas, el satélite nocturno había sido testigo ruborizado del éxtasis amoroso de aquella pareja, oculta a plena vista en una azotea cualquiera de la aldea; entre tejados de tejas y gatos furtivos, pero lejos de los ojos indiscretos del pueblo durmiente. Ambos amantes estaban acostados bajo la manta y, a un lado de ellos y apoyados en el muro, estaban sus pertrechos: ropas oscuras con capucha, guantes, cuerdas, ballestas, ganchos... Nada de aquello había hecho falta para librar la dulce batalla que acababan de terminar. Yacían boca arriba, mientras él deslizaba sus dedos bailarines sobre la erizada piel del hombro de ella. Con la mirada perdida en la multitud de estrellas, los dos guardaron silencio, disfrutando de la quietud de la noche, y del poderoso latir de ambos corazones, extenuados tras haberse re...

Viento

― ¿De dónde ha salido toda esa sangre? Aunque el vaivén de la luz de la sirena iluminaba los árboles de los lados de la carretera de montaña, en el interior del vehículo tan solo alumbraba el débil bombillo de la luz del techo. Desde el asiento trasero del coche patrulla, el detenido esposado miraba a través del espejo retrovisor a su interrogador. Su mirada era tímida y fija, estática por debajo de las cejas empapadas de sangre. Aquellos ojos celestes del muchacho desprendían una inocencia inusitada para alguien con multitud de lamparones de sangre en cada centímetro de su ropa, empapada por doquier de un color rojo oscuro, ya casi marrón. El joven dejó que pasaran los segundos y se limitó a seguir guardando silencio y a continuar observando al agente por el espejo.

Mi castillo

Mi castillo está indefenso y manchado de sangre. Mi castillo está sólo en una llanura inabarcable. Y yo me encuentro en medio de dos infinitos, entre la nada de un yo que no se encuentra y mi castillo destartalado. Sentado con las piernas cruzadas, lo contemplo desde la distancia. Destrozado, humeante, roto y partido. Me gusta mi castillo, me gusta cómo lo has dejado.

Grietas en el cielo (Tercera parte de tres)

“ No es buena idea subir”, le confesó Sonia, dejando lentamente atrás la sonrisa de alegría que había lucido segundos antes. De ella solo quedó un tenue brillo de alegría en los ojos, que contrastaba con la mueca indecisa de una boca que no sabía como interpretar la mirada fija de Atelier en la azotea del edificio. Allí arriba, la grieta del cielo derribada parecía derretirse y verter su vacío líquido sobre lo alto del rascacielos en ruinas.