Edith: agua
El coche avanzaba despacio y sin apenas hacer ruido. El motor ronroneaba suavemente mientras la goma de los neumáticos recorría el sucio asfalto de la calle trasera del gimnasio del distrito. La luz naranja de las farolas iluminaba la dañada carrocería del pequeño utilitario azul, que iba entre sombras y luces. Con más kilómetros a sus espaldas que cuidados por parte de su dueño, la maquinaria funcionaba, siempre diligente y sin averías. La dirección giró suavemente y el coche se detuvo delante de la valla de alambre. En el interior del coche, Ezra bajó la cabeza para comprobar por la ventanilla la altura del vallado. Tenía unos cuatro metros y los tubos de soporte terminaban con un saliente inclinado hacia fuera con alambre de espino entre ellos. Ezra suspiró y miró a su hermana, sentada en el asiento del copiloto. Ella ya se había puesto las protecciones en codos y rodillas y estaba terminando de ajustarse la correa del casco debajo de la barbilla.