El perro se quedó quieto con la mirada clavada en los faros del vehículo que acababa de detenerse a apenas unos centímetros de su hocico. Mike dio un golpe con la mano en el volante cuando por fin se detuvo el coche, y tranquilizó a su novia, que todavía mantenía los ojos cerrados temerosa de que hubiesen aplastado al animal indefenso. “No pasa nada, Moira”, la consoló él. “Mira, ya se va”. El perro retomó su marcha y se dirigió a la acera más próxima, controlando como podía el temblor de sus cuartos traseros. “¿Por qué camina así?”, preguntó ella. “Se ha llevado un buen susto, nada más. Pero está bien”. “Pobre animal”, concluyó la chica, con tristeza.