El desierto había resultado ser un entorno mucho más duro de lo que se había imaginado. Estaba sentado con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. En lo alto del pálido cielo vespertino, un ojo gigante lo vigilaba sin parpadear. Un iris de color miel; tan familiar, tan doloroso; no lo perdía de vista, a pesar de que él seguía quieto y sentado. El suelo llevaba tiempo cuarteado a causa del áspero calor que incluso resecaba las escasas nubes de polvo que el sediento aire, de cuando en cuando, se atrevía a levantar. Notaba el calor ascendiendo desde la tierra de debajo, rodeando su cuerpo en una nube densa de sudor. Todo era plano, todo era silencio, pero no estaba solo. Justo delante de él, sentado en la misma posición, tenía a su doble, con una sonrisa despreocupada permanentemente marcada en los labios.