A pesar de los estridentes y molestos vítores obscenos de la criatura, Claude podía escuchar el atrayente crepitar de las llamas sobre la hoja de la espada maligna. Estaba allí, tirada en la tierra, sin que el victorioso y saltarín ser de las Profundidades le prestase la más mínima atención. Ante sí, el vigilante disponía de la ocasión perfecta para atacar de un modo repentino e implacable, y a tan solo unos pasos de distancia tenía el arma ideal para hacer desaparecer al monstruo. La ira de Claude rebosó en forma de resoplidos y ya comenzaba a imaginarse de qué manera hundiría la hoja de metal candente en la tripa de la bestia, y cómo la retorcería luego lentamente, cortando y triturando todas y cada una de las entrañas que el filo cortante encontrase a su paso. La criatura iba a pagar, iba a sufrir, iba a suplicar por su triste existencia, y, al final, el vigilante la mataría. Y Claude iba a disfrutar de cada segundo.