La puerta se agitaba dentro del marco como si de un momento a otro fuesen a saltar las bisagras por el aire. El monstruo golpeaba la madera una y otra vez. Estaba decidido a abrirse paso a la fuerza, aunque para ello tuviese de dejarse la piel de los nudillos contra la madera barnizada. Golpe tras otro, arremetida tras arremetida, la puerta resistió cada uno de los ataques con una asombrosa resistencia que, sin embargo, disminuía un poco más con cada sacudida. Las grietas aparecieron para marcar los puntos débiles y las astillas indicaban que la madera pronto cedería. Nuevos golpes llegaron luego, y nuevas heridas se abrieron en la superficie. Dentro de unos pocos segundos nada se interpondría entre la bestia y sus víctimas. Madre una, hija la otra, pero ambas sollozantes y asustadas.