Edith: origen
La pared estaba completamente cubierta de monitores, como si fuese un enorme panal de abejas. Sin embargo, tan solo uno de ellos permanecía encendido, iluminando con su mortecina luz gris el rostro serio del doctor Miller. Sentado a escasos centímetros de la pantalla, mantenía la vista clavada en él por encima de sus dedos cruzados. Vigilaba a la joven Edith, aún inconsciente en el suelo de su celda acolchada. El aire olía al cigarro que se consumía en el cenicero como un palo de incienso. Dentro de su cabeza, el doctor no dejaba de preguntarse si había hecho lo correcto con ella. Entonces, la puerta se abrió y apareció una silueta oscura sujetando el pomo de la cerradura. Entró sin hacer ruido, cerró la puerta y se apoyó en la pared a un lado. Se recreó en el silencio aderezado con el zumbido eléctrico del monitor. El olor del tabaco se había estancado dentro de la habitación cerrada.