Se puso las gafas y empezó a
leer el texto en voz alta:
“Y cuando llegue la noche,
existiré únicamente para ti. Solo soy un alma enamorada y
encandilada por la luz inagotable de tu figura, de la cual sigo lejos
de ser digno. Envueltos los dos en las sombras y en las sábanas, te
susurraré, muy bajo, mi amor al oído. Encima de ti, compartimos los
dos el mismo calor que sonroja nuestras caras. Dejaré que se
deslicen mis sentimientos de ternura, desde tus oídos hasta tu
mente, por medio de palabras temblorosas que apenas pueden escucharse
por encima de nuestras respiraciones aceleradas y cálidas. Suave,
muy suave, mordisquearé los delicados y tersos lóbulos de tus
orejas para luego desatar con mis labios un baile de caricias y piel
de gallina que bajará por tu cuello despacio y sin prisas,
recreándose en cada poro de tu piel para hacerlo rebosar de placer y
escalofríos. Peregrinaré con besos por encima de tus sonrosadas
mejillas y alcanzaré mi destino cuando mis labios presionen los
tuyos como si trataran de devorarlos con un apetito insaciable. Me
comeré tus palabras y me tragaré tus sollozos, mientras no paro de
recordarte en cada segundo lo increíblemente hermosa que eres,
recorriendo con las puntas de mis dedos las subidas y bajadas de las
deliciosas curvas de tu cintura desnuda.
No es necesario que te muevas o
te esfuerces. No es necesario que pienses o te preocupes. Simplemente
necesito que cierres los ojos y te sumerjas en tu propio ser hasta
que empieces a caer dentro de ti misma. Yo me muevo, yo lo hago, yo
te mimo. Y continúo mi periplo hacia el sur, describiendo mi senda a
medida que desciendo con besos furtivos y caricias inesperadas a lo
largo de todo el relieve de tu cuerpo. Mis manos bailan en tus
costados mientras mis labios orbitan por encima de tus pechos,
rozándolos de soslayo con mi nariz, estremeciendo todo tu ser con
besos que desean ir más allá de la piel para desbordar de amor tu
mismísimo corazón palpitante. No hay prisa, no hay un después.
Solo estás tú, y luego estoy yo, para servirte, para amarte, para
regalarte un placer que tensa tus músculos sin querer y descontrola
tu respiración cuando menos lo esperas. Afirmo las manos y aprieto.
Cojo aire y muerdo. Me adapto a los contoneos de tu gozo y no me
detengo, lamo y saboreo el néctar salado de tu piel. Me alimento con
él y apaciguo así, solo en parte, mi hambre de ti, tan solo para
luego continuar bajando por todo tú.
Me entretengo y cierro los ojos
para hacerme una idea de cómo es tu barriga a base de besos. Mapeo
la zona con cariño, y mi lengua se empeña en decorarte con
delicadas caricias húmedas. Dibujo en tu piel toda una constelación
jalonada de soles que arden con una pasión infinita. Noto el calor
que desprendes y percibo las subidas y bajadas de tu piel extasiada.
Me recreo en el momento y me topo con tu ombligo, que parece temblar con cada roce para luego rehuir de un contacto que al mismo
tiempo teme y desea con la misma ferviente intensidad. Mis labios lo
tranquilizan y lo doman, y jugueteo con él hasta que las pendientes
de tu ser me invitan a seguir bajando.
Y yo obedezco las órdenes de tu
anatomía, sin alejarme nunca del roce contigo. Nariz, labios,
lengua; todo yo existe para complacerte. Y desciendo hasta que
percibo tu calor y tu humedad delante de mi rostro. El apetito que
siento de ti hace que agarre con fuerzas tus muslos, y me sumerja en
ti poco a poco. Aterrizo en tu piel con mi lengua ciega, que a
tientas intenta situarse en tu intimidad. Gira, busca, se retuerce y
recorre cada uno de los pliegues tuyos. Lee tus reacciones, capta tus
jadeos, y explora con detenimiento las zonas sensibles. Primero, como
el roce de una pluma, y luego va ajustando su intensidad para estar a
la altura de tus deseos. Derramo cosquillas en tu espíritu, que
nacen de las caricias de la pasión. Te saboreo repleto de dicha, y
me deleito con cada una de las veces que te escucho decir mi nombre
en voz alta.
Pierdo la noción del tiempo y me
dejo llevar abrazado a tus piernas, hasta que, de pronto, llamas mi
atención con tu mano en mi mejilla y me subes hasta los cielos de tu
mirada incandescente. Al oído, me das permiso. Y yo te escucho y te
obedezco. Despacio, lentamente, me acerco a ti. Siento tu volcán
acercándose al mío hasta que, con pulcra serenidad, me adentro en
tu templo sagrado de vida. Y en ese instante dejamos de ser una mujer
y un hombre, para ser los dos. Una entidad doble, única y sublime
que transciende la mortalidad de la vida y es fruto de un abrazo en
el que es imposible distinguir dónde acaba uno y dónde empieza el
otro. Despacio empieza un baile en el que ambos se mueven al ritmo y,
durante esa danza, el espacio y el tiempo desaparecen por completo y
toda la realidad comienza a arremolinarse en torno a nuestros
ombligos. Todo desaparece dentro de nosotros engullido por la pasión,
cada vez más rápida, cada vez más descontrolada, cada vez más
intensa y dura. La creación se desvanece como la niebla llevada por
el viento y, de repente, ninguno de los dos sabe a ciencia cierta si
tiene los ojos abiertos o cerrados. Yo no dejo de besarte, no dejo de
acariciarte, no dejo de decirte que te quiero. Hasta que los dos
mundos nuestros estallan en una explosión de ascuas invisibles que
devuelve de súbito a su lugar a la totalidad del universo, del
espacio y del tiempo.
Un cataclismo de dos, pero
siempre quedamos los dos. Antes de todo y después de todo. Yo sobre
ti, tú debajo de mí. Hasta que tú me das la vuelta para quedar por
encima. Me recreo en tu belleza desnuda y tu pelo despeinado. Tu piel
brilla con el sudor, y tus ojos destellan de felicidad como los míos.
Te inclinas y me besas. Suspiro y mi corazón se acelera una vez más.
Te quiero tanto... Y allí quedamos los dos entre las sábanas
empapadas. Creadores y destructores de universos. Amantes infinitos
en un ciclo de pasión interminable. O, quizás, simplemente seamos
dos personas enamoradas”.
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