“ Ya hemos llegado”. Zimmer todavía recuperaba el aliento después de haber subido por la pedregosa y empinada pendiente del monte. Colocó los brazos en jarra y echó la vista atrás. Gerard todavía estaba subiendo a duras penas por la loma, siguiendo las pisadas que su amigo había dejado tras de sí. Tras unos inesperados resbalones sobre la tierra suelta, Gerard alzó la mano y Zimmer lo ayudó a llegar hasta él. Exhausto por el esfuerzo y la falta de costumbre, Gerard notaba los muslos cargados y los gemelos ardiendo. Jadeante y con la boca seca, se apoyó sobre las rodillas para apaciguar los acelerados latidos de su corazón fatigado. “Es una auténtica maravilla”, pronunció Zimmer, que parecía inmune al cansancio y cuya mirada destellaba a causa del festín de belleza paisajística de la que gozaba desde aquel punto alto. Gerard levantó la vista del suelo para beber un poco de su cantimplora, pero el agua apenas llegó a rozar sus labios. De súbito también se había quedado prendado por la a...