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Mostrando entradas de abril, 2016

Llanto octavo: Hermanas

Penélope se lavaba las manos sin levantar la vista de la cerámica. Nunca le había gustado ver su reflejo en el espejo, a pesar de que, en aquella ocasión, estrenaba el vestido que se había comprado exclusivamente para salir de fiesta con sus nuevas hermanas aquella noche. Tras la ceremonia del día anterior, ellas cinco eran como auténticas hermanas, y ese era un motivo más que suficiente para salir a celebrarlo. Penélope frotaba concienzudamente las manos entre sí para enjuagarse el jabón, y apretó los labios. A pesar del intenso estímulo inicial, la noche no estaba resultando ir como ella había imaginado. Mismo centro comercial, misma terraza, misma música y mismos babosos que no dejaban de entrarle para ligar con ella, y, a medida que avanzaba la noche, los halagos que le lanzaban olían cada vez más a alcohol. Al menos, en aquel instante en el servicio de chicas, Penélope disfrutaba de algo soledad, y se recreó en el tracto húmedo y fresco del agua que limpiaba sus manos. Se fijó ...

Llanto séptimo: Lorenzo deKai

Martes por la mañana, y David tomaba su desayuno de pie al lado de la encimera. Bebía sorbos de su café mientras de fondo sonaba el informativo del canal de noticias veinticuatro horas. El presentador informaba de lo de siempre, y David hacía también lo de siempre: dejar que su mente se dispersara sin control por toda la cocina con la vista perdida y el vago recuerdo mental del sueño, cruelmente interrumpido, de la noche anterior. El timbre de la puerta sonó de pronto, de modo que dejó la taza sobre la encimera y se acercó a abrir. “Buenos días”, le dijo el sonriente cartero cuando David abrió. “¿Es usted Lorenzo deKai?”.

Llanto sexto: Sirena

Desde su barca, “La Gran Jane”, el Gran Joe lanzó la línea de la caña lo más lejos posible y dejó caer el cebo en el agua del lago. Luego, encajó la caña en el soporte y se sentó plácidamente en la silla mientras abría una lata de cerveza. Ahora solo tendría que esperar a que picasen. Aunque el panorama a su alrededor sobrecogía a causa de la belleza natural realzada por los intensos colores de un atardecer de otoño, el Gran Joe ya tenía aquel sitio más que visto. Dejó la cerveza a un lado y se puso las gafas de cerca, que llevaba colgadas al cuello, con el propósito de descifrar cómo se manejaba aquella tableta que le había regalado su ahijado. Según este, con aquel aparato tan delgado y fino como una lámina de cartón, el Gran Joe podría hacer de todo, incluso escuchar la radio, que era lo que le pedía su robusto cuerpo en aquel momento. Entornó los ojos cuando deslizó el índice sobre la pulida superficie para desbloquear la pantalla. Asintió satisfecho cuando se desplegó toda una se...

Llanto quinto: Novia

Como era habitual, el viejo Micah caminaba solo pendiente abajo por la acera. Poco le importaba la hora de la madrugada que fuese. Sabía que era de noche, y que ya era tarde, por lo tanto, había llegado el momento de regresar a su rincón favorito de la ciudad para pasar la noche. Se trataba de un recoveco pequeño, pero acogedor, en el callejón de la parte trasera de la pizzería Giulio´s. Un remanso de silencio y tranquilidad, sin humedades, ni contenedores, ni ojos curiosos ni, sobre todo, gamberros aficionados a apalear a vagabundos. Micah iba por la acera, despacio y sin movimientos bruscos, mientras sujetaba el manillar de su desvencijado carrito de la compra, que traqueteaba sobre los adoquines y las grietas malintencionadas que no dejaban de intentar volcarlo. El esquelético vehículo tenía la rueda trasera derecha atascada y algunas de las finas varillas de metal de su chasis estaban abolladas, señal inequívoca de la dura vida que había llevado aquel pobre carrito desde que un dí...