Su zarpa parecía estar hecha de la misma madera que la puerta; seca, agrietada y llena de nudos. Era una extremidad inhumana y a todas luces imposible, pero tan real como el hambre despiadada que atravesaba el vientre tembloroso de la criatura. Sus gruesos dedos, recubiertos de musgo, se movieron con lentitud, crujiendo cada vez que uno de ellos se flexionaba para arañar el barniz. “¡Maaaaa!”, gruñó, como si vomitara la única palabra que había logrado dominar en toda su milenaria existencia. “¡Maaaaaaaa!”, llamó de nuevo, en un bramido profundo, pero débil a causa del hambre que empezaba a nublar el juicio de la bestia.