Aquella madrugada, las campanadas sonaron tres veces cuando Esteban lloraba solo en el callejón. Abajo, muy abajo, desde las simas oscuras de su dolido corazón, deseó que alguien escuchase su llanto y luego se acercase hasta él para preguntarle un simple “¿qué te pasa?”. Pero estaba solo, como siempre. Y el único alivio que encontró su desconsuelo fue el del silencio indiferente de una ciudad que dormía durante la noche y le daba la espalda durante el día.