Edith: cero
Ni siquiera se escuchaba el canto de los grillos. La calma de fuera del hangar abandonado desentonaba con el latido desbocado de los corazones confundidos de Edith y Ezra. La pálida luz de la luna bañaba los alrededores, donde el hormigón agrietado del suelo daba paso unos metros más allá a la tierra y las piedras. La cortina oscura de la noche impedía ver más lejos de la suave silueta del horizonte de dunas. Sus crestas y caídas se encontraban con el azul marino de un cielo nocturno que caía aplomado sobre ellos dos, cargando la atmósfera de una estática de preocupación e incertidumbre. El hangar abandonado parecía surgido de la nada en medio de la nada, y su terca estructura metálica no se daba por vencida y se resistía a desaparecer, ya fuese por el desgaste de los vientos polvorientos o por el enterramiento bajo las montañas de arena. Allí permanecía el deteriorado refugio aquella noche, cobijando con techos agujereados a dos hermanos confusos cuyas vidas habían dado recientemen...