Piña colada
Los colores chillones de los neones que anunciaban varias marcas de cerveza eran la única fuente de luz dentro de aquel tugurio. El bar de Oli era oscuro y olía a cerrado, pero era justo el tipo de local que atraía, como moscas a la luz, a la escasa y dispareja panda de perdedores que acudía allí cada noche para ahogar sus penas en alcohol y en conversaciones cargadas de silencios, pensamientos profundos y miradas perdidas. Era jueves y, como todos los jueves y como todos los días, Oli se quedó un rato observando atentamente desde detrás de la barra cómo aquel anciano sentado al otro extremo se encorvaba desgarbado sobre su vaso de piña colada.