La noche era plateada y serena. La luna llena iluminaba con tal intensidad que parecía querer rivalizar con la luz de su hermano sol. Allá arriba, desde su reino estrellado de las alturas, el satélite nocturno había sido testigo ruborizado del éxtasis amoroso de aquella pareja, oculta a plena vista en una azotea cualquiera de la aldea; entre tejados de tejas y gatos furtivos, pero lejos de los ojos indiscretos del pueblo durmiente. Ambos amantes estaban acostados bajo la manta y, a un lado de ellos y apoyados en el muro, estaban sus pertrechos: ropas oscuras con capucha, guantes, cuerdas, ballestas, ganchos... Nada de aquello había hecho falta para librar la dulce batalla que acababan de terminar. Yacían boca arriba, mientras él deslizaba sus dedos bailarines sobre la erizada piel del hombro de ella. Con la mirada perdida en la multitud de estrellas, los dos guardaron silencio, disfrutando de la quietud de la noche, y del poderoso latir de ambos corazones, extenuados tras haberse re...