El caos más salvaje se había propagado por las calles como una lengua de fuego que cabalga sobre combustible. De un momento para otro, las normas, las reglas, las leyes... Todas las directrices existentes habían desaparecido de un plumazo. Cualquier resquicio de civismo había quedado relegado al olvido, y ni siquiera la poca policía que quedaba de servicio era capaz de contener la vorágine autodestructiva. La humanidad daba señales de haber desaparecido ya, incluso antes de que el asteroide impactara contra la superficie del planeta. En las calles, pocos escaparates quedaban sin romper. Los saqueadores se agolpaban bajo los boquetes abiertos en los cristales, mientras otros tantos salían de los locales cargando con cajas demasiado pesadas para sus fuerzas o demasiado grandes para sus brazos. Ahora, se mirase donde se mirase, nadie caminaba, todos los transeúntes corrían sorteando los coches que algunos otros habían abandonado en mitad de la carretera o sobre la acera. Los escasos vehí...