El sobrecogedor ronquido del mar retumbaba por las altas paredes desnudas del escarpado acantilado. Las olas arremetían con toda su rabia contra las rocas de la costa y las arrancaba de su reposo pétreo, para arrastrarlas luego hacia las profundidades oscuras. La alfombra de piedras rodantes traqueteaba, mientras la espuma del mar las engullía, entonando un canto de chasquidos secos, una petición de auxilio para que alguien o algo las salvase de ser hundidas y olvidadas en las fosas insondables de la tierra. Pero nada ni nadie podía librarlas ya del incontenible arrastre de la cólera de la marea.