Roque colocó los brazos en jarra y contempló la enorme mancha de sangre en la pared. Acongojado, se colocó mejor la gorra y se pasó la mano por la boca. Le parecía increíble que toda la superficie estuviese decorada con la sangre del muchacho. Rápidamente, lanzó una fugaz mirada a la puerta de entrada y se aseguró de que su joven compañero seguía sentado fuera en los escalones del porche. Allí fuera, el chico uniformado de azul sostenía su rostro entre las manos. Era imposible que viera lo que Roque estaba haciendo dentro, de modo que este aprovechó la ocasión para santiguarse y salir raudo de la casa de las mariposas. Cuando pasó por debajo de la cinta de plástico que acordonaba la entrada, aminoró el paso. Dejó que el frío aire de la madrugara entrara por su nariz y refrescara sus pulmones, viciados con el denso olor a sangre fresca. Perdió la mirada en el horizonte de delante, donde las luces de la ciudad titilaban en la lejanía. Un poco más cerca, las luces parpadeantes de las amb...