Mariposas en las paredes (Cuarta parte)
Cada uno de los peldaños de madera crujía cuando Fran apoyaba la punta de sus botas. Percibía que el ambiente se enralecía conforme descendía por la escalera. El aire estancado del sótano olía a humedad y a polvo. Su acelerado corazón le hacía temblar el pulso y, con él, la luz de la linterna que iluminaba cada uno de sus pasos. Se acomodó la mochila de Nórah en la espalda, suspiró sin hacer demasiado ruido y, esta vez, consiguió dominar su cobardía y no miró atrás. Sabía perfectamente que el coche ya no estaba al alcance de su vista.