La mayor parte del tiempo, la vida de los mortales transcurre entre los límites reconfortantes de la predictibilidad. Si alguno deja caer una piedra, esta cae sin remedio hasta impactar con el suelo. Si alguno ve una ola tocar la arena de la orilla, sabe que otra vendrá justo detrás a sustituirla. Y si por cualquier razón alguno acerca demasiado la mano al fuego, el dolor aparecerá para avisarlo del peligro que corre. Toda causa provoca para ellos una consecuencia, todo resultado procede de unos antecedentes conocidos. Y esto es así en su mundo, tan mortal como predecible, precisamente el mismo mundo que vigilo desde mi atalaya, muy tarde en el espacio, y más allá de todo tiempo. No obstante, algunas veces, muy pocas, las reglas presuntamente conocidas que tanto reconfortan sus vidas pueden doblarse, plegarse, e incluso fracturarse y desaparecer por completo. Para que este imposible tenga lugar en su mundo, tan solo han de combinarse dos elementos que resultan ser tan peligrosos como ...