“Otra vez esos ojos... esos dichosos ojos verdes mirándome fijamente”. A tientas, palpó la pared de su derecha hasta que consiguió darle al interruptor para encender la luz de su habitación. Allí dentro estaba la pequeña una noche más, sentada al borde del colchón y con sus refulgentes ojos verdes clavados en él. Hacía dos días que no aparecía, y ya pensaba que se había librado de ella, pero una vez más volvía a tener delante de él a aquella maléfica niña, cuyos pies todavía no alcanzaban a tocar la moqueta del suelo.