― Aún no te puedo ver bien, escriba ―le dijo el dragón―. Camina hasta aquí delante. Pragun daba pasos cortos sin apartar la vista del voluminoso cuerpo de la criatura. Las alas, agrietadas y rasgadas, estaban encogidas sobre el lomo, muy por encima de la cabeza del escriba. La sólidas escamas del vientre se solapaban unas encima de otras formando una formidable armadura que a todas luces parecía completamente impenetrable ante cualquier ataque de lanza, flecha o espada. A medida que caminaba, las escamas iban disminuyendo de tamaño y grosor según se aproximaba a la zona del cuello. Las de esa zona se reducían hasta desaparecer totalmente y dejar paso a una zona blanda de carne pálida, justo bajo el largo cuello del dragón. La luz de la antorcha iba y venía acorde al vaivén de la respiración de la criatura, que removía todo el aire de la cámara de piedra. De pronto, Pragun divisó un asa de madera astillada asomando por la parte carnosa del cuello, en medio de una zona empapada...